Don Quijote y Sancho. http://trinidad-romero.blogspot.com


viernes, 8 de mayo de 2026

2-EL TALENTO DE MUJERES QUE CONTRIBUYERON A LA EXPRESION HUMANA CON SUS OBRAS

Buen día para mis seguidores. Y os agradezco que compartáis mi blog. Gracias.

2ª entrada para blog

Según la profesora Bea Porqueres, y cito textualmente, “la Historia del Arte ha realizado una criba que ha sumergido a las artistas del pasado en el anonimato mediante la aplicación de criterios selectivos muy eficaces para sus propósitos. En primer lugar, la Historia del Arte, al estipular que su objeto de estudio es la obra de Arte (distinta y superior al objeto de artesanía), excluye de su campo de estudio muchas de las obras creativas realizadas por mujeres, ya que, precisamente por haber sido hechas por mujeres, las relega a la categoría de artesanía. Las mujeres son definidas como no artistas por considerarse que carecen de genio, y la ausencia de genio de las mujeres se postula a partir de la narración de sus vidas, que se presentan siempre como supeditadas a la de otro u otros y carentes de las vicisitudes que pueblan la vida de los genios”.

 

Si ha parecido dura mi anterior expresión sobre la visión machista de la Historia del Arte, o exagerada la larga cita de Bea Porqueres, dejemos hablar a algunos grandes hombres sobre el tema que hoy nos ocupa.

 

Tucídides, en el siglo V antes de Cristo, escribió que la mejor mujer es aquella de la que hay lo mínimo que decir.

 

En el Siglo XIV, Boccaccio, en su libro “De Claris Mulieribus”, que es una compilación de 104 mujeres reales o míticas, menciona a tres pintoras de la antigüedad clásica, a las que tiene la generosidad de dedicar estas palabras: “Opino que sus proezas eran dignas de alabanza, porque el arte es ajeno a la mente de la mujer y tales logros no pueden llevarse a cabo sin una gran dosis de talento, que en las mujeres suele ser más bien escaso”.

 

Alberto Durero dijo al comprar por un florín una miniatura de Cristo iluminada por la joven de dieciocho años Susan Hornebour: “Gran maravilla que una mujer sea capaz de hacer ésto”.

 

Giogio Vasari, en la 1ª parte de “Vida de los Artistas”, escrito hacia 1550, hacía el siguiente comentario sobre la escultora Properzia di Rossi: “Si las mujeres se entregan al arte con demasiada diligencia, se arriesgan a dar la impresión de que nos quieren quitar la palma de la supremacía”.

 

En el Siglo XVIII, en plena efervescencia de la igualdad (compañera de la libertad y de la fraternidad), el ilustrado Rousseau consideraba que las mujeres carecían de las facultades intelectuales del hombre y, por lo tanto,  no podían contribuir al Arte. En su novela “Emile”, editada en 1.762, en vísperas, como quien dice, de la Revolución Francesa (1789), consideraba que las virtudes innatas de la mujer, entre otras, eran la vergüenza, el recato, saberse embellecer, y el deseo de agradar.

 

 

Ya en el Siglo XIX, el psicólogo César Lombroso citaba una frase del novelista Goncourt muy celebrada en su época: “No hay mujeres geniales: las mujeres geniales son hombres”.

 

También en el siglo pasado dijo mi colega Renoir: “Considero a las escritoras, abogadas y políticas (como George Sand, Madame Adam y otras pelmas) como monstruos, como terneras de cinco patas... La mujer artista es, sencillamente, ridícula”.

 

Creo que estas selectas guindas de todos los colores nos ahorran muchos comentarios. Vamos a pasar a las pintoras sin extendernos más, por ahora, en demasiadas consideraciones sociológicas o históricas. Así tendremos más tiempo para la contemplación de las diapositivas. Una diapositiva nunca nos hará vibrar como cuando se contempla un cuadro al natural, pero las imágenes que vamos a ver nos van a revelar cuánta injusticia hay en algunos olvidos.

 

Durante la Edad Media (dicho sea de una manera muy general, porque estamos hablando del largo período de diez siglos, desde el 476 al 1473) la sociedad estaba estructurada en un sistema civil feudal. Las mujeres de los nobles que detentaban el poder, también lo ejercían, aunque fuese durante los largos períodos en que éstos estaban guerreando. A la muerte del padre o del marido, podían seguir rigiendo, de pleno derecho, la hacienda familiar.

 

Pero estos privilegios sólo alcanzaban a las mujeres de noble cuna o desahogada posición, porque había más diferencias entre una mujer noble y otra plebeya que entre una mujer y un hombre nobles.

 

La Iglesia influía poderosamente, no sólo en el plano moral y religioso, sino en las formas de vivir en la sociedad. La estructura jerárquica y clasista de la Iglesia, era imitada en la propia jerarquización civil.

 

Debido a este poder, muchas mujeres inquietas, rebeldes y con talento buscaron en los monasterios, que estaban muy bien dotados, la posibilidad de dar cauce en ellos a sus inquietudes intelectuales.

 

Los orígenes del monasticismo femenino en Europa se atribuyen al Obispo Cesáreo de Arles, en el Siglo VI, que fundó un monasterio regido por su hermana Cesárea. Allí, las monjas recibían enseñanza, aunque ellas no podían impartirla. En palabras del Obispo de Arles, una mujer podía ser discípula, escuchando mansamente y con la debida sumisión, pero no permitía que fuera maestra. Ninguna mujer debía dominar sobre hombre alguno. El Obispo Cesáreo de Arles interpretaba así, al pie de la letra, y parcialmente, la Epístola de San Pablo a los Efesios. También recomendaba que “entre salmos y vigilias, las vírgenes de Cristo copien bellamente libros santos”. Es precisamente en la Edad Media, y en España, donde encontramos constancia de la que parece ser la primera mujer  en Europa (sin contar las citadas por Plinio  el Joven en el Siglo I: Timarate, Calipso y Olimpia, entre otras).  Se  trata de la monja castellana Ende (Eude en algunas fuentes), que colaboró en la ilustración del Beato del Apocalipsis de Gerona, en el año 975. Curiosamente, esta monja es ignorada por la abrumadora Enciclopedia Espasa, pero sí es mencionada en la Enciclopedia Catalana y, por supuesto, hoy la encontramos en Internet.

 

La obra ilustrada por Ende trata del Apocalipsis de San Juan, cuya primera versión fue escrita por el Beato de Liébana en el Siglo VIII.

 

1ª DIAPOSITIVA de “El Beato de Gerona”

Las ilustraciones de este Beato son de estilo mozárabe. Se puede apreciar un rico colorido usado de forma plana y puntual sobre zonas que están separadas por franjas  y líneas de colores puros. Obsérvese el ala del ave, por ejemplo, donde se juega con las líneas curvas y diagonales de forma cuidada y elegante. Las ilustraciones de esta época carecen de luz y de profundidad. Las figuras son muy estilizadas.

 

2ª DIAPOSITIVA de “El Beato de Gerona”. Podemos ver en esta otra diapositiva de la misma obra cómo se utilizan las flores y los frutos de forma ornamental. Estas ilustraciones están realizadas con grandes dosis de imaginación. Obsérvese la cola del caballo, que termina en una cabeza de serpiente, que fue el punto de arranque para que dejásemos de vivir felices y sin preocupaciones en el Paraíso.