Desde niña
aquella muchacha tenía la idea de que las personas deberían ser transparentes.
De esta forma, cuando alguien tuviera el deseo de cometer algún acto delictivo
o de portarse mal, se le verían sus malas ideas. Habría unos ciudadanos que
velarían por la seguridad del pueblo. Irían paseando tranquilamente por él,
observando a los transeúntes y, cuando vieran algunas ideas malignas dentro de
sus cerebros ¡zas!, sin pensarlo dispararían contra ellas con una pistola
pequeña, pero eficaz y eliminarían a los perturbadores de la buena convivencia
que debería existir entre todos.
Una noche
empezó a llover. Al día siguiente siguió lloviendo. También toda la noche y a
la mañana siguiente y al medio día de ese día, y a la noche que siguió a la
tarde y en la aurora que siguió a la noche para que ésta descansara y así
durante muchos días con sus noches. Fue como un diluvio y ya saben ustedes que
el diluvio universal, según se cree, duró 40 días con sus noches.
Las lluvias
eran tan intensas, los truenos tan ensordecedores, los rayos tan segadores, que
la gente no salía de sus casas, pero, pasados unos días tuvieron que volver al
trabajo, los que tenían; las amas de casa a hacer las compras para poder
alimentar a las familias y los niños a los colegios. Claro que, los niños hasta
una cierta edad de por sí son bastante transparentes.
A pesar de
que se protegían con impermeables, tabardos, parcas y paraguas, las gotas de
agua iban calando todo tipo de indumentarias, penetrándoles la piel,
inundándoles e hidratando sus huesos, todos los órganos interiores e incluso
las ideas estaban impregnadas de gotas de agua transparentes.
Una mañana
de domingo el aire, el trueno, el relámpago y la lluvia, ya agotados,
decidieron descansar, puesto que era día de asueto.
La gente se
apresuró a salir a pasear y disfrutar de los rayos del sol. Unos observaban a
otros con gran sorpresa, viendo sus figuras transparentes, construidas con
gotas de agua: vísceras, venas, huesos, corazón e ideas. Pero sólo se
translucían las malas. Así pues, la comisión justiciera, formada por cuatro
hombres expertos en el manejo de las armas, cuando veían a algún transeúnte con
ideas malas, haciendo honor a su nombre, sin pensarlo, le disparaban con gran
puntería y lo aniquilaban; así se aseguraban que los ciudadanos vivieran con
seguridad, sin miedo a robos, violaciones ni asesinatos. ¡Qué felicidad un
pueblo poblado sólo por personas buenas!
A la semana
de estar actuando la comisión justiciera contra la gente con malas ideas, no
quedaban habitantes. Incluso los justicieros se mataron unos a otros.
De los
niños no se supo nada.